¿Y si la vida tuviera banda sonora? “El lado B”

  • No sé hacer casi nada sin música.

Limpio escuchando música.

Trabajo escuchando música.

Estudio escuchando música.

Camino con audífonos.

Manejo con música.

Me baño con música.

A veces hasta cocino con música.

Y no es que necesite tener una canción sonando cada segundo del día. Es que, de alguna manera, siento que todo se vuelve un poco más mío cuando tiene una canción de fondo.

Hay días en los que necesito algo que me despierte. Otros en los que quiero escuchar algo triste aunque no esté triste. Hay canciones para manejar de noche, para caminar sin rumbo, para ordenar la casa, para trabajar cuando no quiero trabajar y hasta para esos momentos en los que simplemente necesito dejar de pensar.

Y quizá no soy la única.

La música es una de las formas más rápidas que tenemos de cambiar —o acompañar— nuestro estado emocional. Nuestro cerebro responde a ella de maneras complejas: puede activar circuitos relacionados con la recompensa, la emoción y la memoria. Por eso una canción puede hacernos sentir energía, calma, nostalgia o incluso transportarnos a un momento que creíamos olvidado.

Pero creo que hay algo todavía más interesante.

No siempre ponemos música porque necesitamos escucharla.

A veces la ponemos porque necesitamos sentir algo.

Convertimos nuestras rutinas en pequeñas escenas.

Lavar los platos puede ser aburrido, hasta que empieza esa canción.

Un trayecto de veinte minutos puede convertirse en una película cuando encuentras el soundtrack correcto.

Caminar solo por una ciudad puede sentirse completamente diferente dependiendo de lo que llevas en los audífonos.

Y ahí entendí que quizá no escucho música para escapar de mi vida.

La escucho para habitarla.

Porque hay algo especial en elegir qué canción va a acompañar un momento que, de otra manera, probablemente olvidaríamos.

Quizá por eso años después podemos escuchar una canción y regresar inmediatamente a un lugar.

A una casa.

A una persona.

A una edad.

A nosotros mismos.

La música tiene esa capacidad extraña de convertir momentos cotidianos en recuerdos.

Y también de convertir recuerdos en momentos presentes.

Tal vez por eso hacemos playlists para viajes, canciones para estudiar, álbumes para superar rupturas y hasta música específica para limpiar nuestra casa.

Porque, aunque parezca que estamos eligiendo qué escuchar, muchas veces también estamos eligiendo cómo queremos sentirnos.

Y quizá ahí está la verdadera razón por la que hago todo con música.

No quiero que mi vida tenga ruido de fondo.

Quiero que tenga banda sonora.

Porque al final, todos estamos construyendo una playlist sin darnos cuenta.

Una canción para cada etapa.

Un artista para cada versión de nosotros.

Un álbum para cada lugar al que alguna vez quisimos volver.

Y quién sabe…

Tal vez algún día alguien escuche una canción y piense en nosotros.

Lo que el tiempo borra, la música atesora.

Nos vemos en el Lado B.

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