Hay voces que no pertenecen a un género, sino a la memoria colectiva. Celia Cruz, con su inconfundible “¡Azúcar!”, no solo definió la salsa: la expandió hasta convertirla en un lenguaje universal. Ahora, esa voz atraviesa otra frontera simbólica al ingresar al Salón de la Fama del Rock & Roll, un espacio que históricamente parecía reservado para otras sonoridades. Su incorporación en la clase de 2026 no responde a una moda ni a una concesión tardía, sino al reconocimiento de una influencia que desbordó etiquetas. Celia no cantó rock, pero lo tocó desde otro lugar: desde el ritmo afrocubano, desde la diáspora, desde una energía que transformó la música popular en una experiencia global. El reconocimiento llega en la categoría de influencia temprana, una distinción que no mide éxitos comerciales, sino huellas profundas. Y pocas trayectorias han dejado una marca tan amplia como la suya. Su música viajó de La