En las montañas de Durango, donde el viento parece guardar secretos antiguos, un sonido vuelve a reclamar su lugar: el aullido del lobo mexicano. No es un gesto menor ni un capricho de la naturaleza, sino el resultado de una historia larga y compleja, donde la ausencia pesó tanto como ahora pesa el regreso. La reintroducción de una familia de lobos en la Sierra Madre Occidental marca un momento decisivo en la conservación del país. Dos adultos y sus crías han sido liberados en un entorno que alguna vez les perteneció, como si la tierra, paciente, hubiese esperado décadas para volver a recibirlos. No es solo un acto biológico, es también una reparación histórica. Durante gran parte del siglo pasado, el lobo mexicano fue perseguido hasta casi desaparecer. Convertido en símbolo de amenaza, fue eliminado de su hábitat en nombre de la seguridad y la producción. Pero con su partida