En una época donde las pantallas iluminan más que las lámparas y acompañan más que los silencios, la infancia se ha convertido en un territorio atravesado por píxeles. No es un fenómeno pasajero, sino una transformación profunda que obliga a padres y cuidadores a preguntarse no solo cuánto tiempo es demasiado, sino qué tipo de relación se construye con la tecnología desde los primeros años. Lejos de las prohibiciones absolutas o de la permisividad sin filtros, comienza a abrirse paso una idea más sensata: el uso de pantallas no debe eliminarse, sino comprenderse. Como en toda herramienta poderosa, el problema no está en su existencia, sino en la ausencia de límites claros. Así, el verdadero desafío no es apagar dispositivos, sino encender criterios. Las recomendaciones actuales apuntan a algo tan antiguo como la crianza misma: la presencia adulta. No se trata únicamente de controlar horarios, sino de acompañar contenidos, de