Noventa minutos que nos recuerdan quiénes somos.

Sofi alvarez
Cada cuatro años ocurre algo extraordinario. Las calles cambian de ritmo, las oficinas hacen una pausa, las familias se reúnen frente a una pantalla y desconocidos terminan abrazándose después de un gol. Durante noventa minutos dejamos de preguntarnos de dónde venimos, cuánto ganamos, por quién votamos o qué diferencias nos separan. Simplemente somos mexicanos.

El Mundial tiene la capacidad de recordarnos algo que, con frecuencia, olvidamos en la vida cotidiana: que compartimos mucho más de lo que nos divide.

Mientras la Selección Nacional salta a la cancha, millones de corazones laten al mismo tiempo. En las plazas, los mercados, las escuelas, los hospitales, los restaurantes y los hogares existe una ilusión compartida. No importa si alguien entiende cada regla del fútbol o si apenas distingue un fuera de lugar; lo importante es la emoción colectiva de creer, aunque sea por un instante, que juntos podemos lograr algo grande.

Esa unidad resulta profundamente inspiradora porque demuestra que la empatía no es una idea lejana. Está ahí cuando celebramos con quien no conocemos, cuando consolamos al que llora una derrota o cuando abrimos espacio para que alguien más disfrute del partido con nosotros. La solidaridad aparece de manera natural, sin que nadie la imponga.

La pregunta inevitable es: ¿por qué esa versión de México parece aparecer únicamente durante un evento deportivo?

Vivimos en un país que enfrenta enormes desafíos. La violencia, la desigualdad, la indiferencia y la polarización nos han acostumbrado a mirar primero nuestras diferencias antes que nuestras coincidencias. Con demasiada frecuencia olvidamos que detrás de cada historia hay una persona que merece respeto, comprensión y oportunidades.

Quizá el verdadero triunfo que deberíamos buscar no sea levantar una copa, sino construir una sociedad capaz de mantenerse unida cuando termina el silbatazo final.

Imaginar un México donde la solidaridad no dependa de un marcador parece una meta ambiciosa, pero no imposible. Si somos capaces de organizarnos para apoyar a una selección, también podemos hacerlo para respaldar a una familia que perdió su patrimonio, para defender a quienes viven en situación de vulnerabilidad, para cuidar a nuestros animales, para proteger a nuestras niñas y niños o simplemente para escuchar a quien atraviesa un momento difícil.

La empatía no consiste en sentir exactamente lo que vive otra persona; consiste en reconocer que su dolor, sus sueños y sus esperanzas también importan.

El Mundial nos demuestra que las emociones compartidas tienen un poder inmenso. Nos recuerda que cuando dejamos de lado el egoísmo y caminamos hacia un mismo objetivo, descubrimos una fuerza colectiva capaz de mover a todo un país.

Ojalá que cuando termine este torneo no guardemos únicamente los recuerdos de los goles, las atajadas o las celebraciones. Ojalá conservemos también esa disposición para confiar unos en otros, para tender la mano sin esperar nada a cambio y para reconocer que la grandeza de México no depende solamente de lo que ocurra dentro de una cancha.

Porque el mejor campeonato que podemos ganar no se juega frente a millones de espectadores. Se construye todos los días, en nuestras calles, en nuestras comunidades y en la manera en que decidimos tratar a los demás.

Si el fútbol logra unirnos durante noventa minutos, imaginemos todo lo que podríamos conseguir si esa unión se convirtiera en una forma permanente de vivir.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de © Dog News 2024

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