México también se construye con las manos

Sofi alvarez

Detrás de un rebozo, una pieza de barro, una canasta, un bordado, una figura de madera o cualquier objeto elaborado de manera artesanal, existe mucho más que una mercancía. Hay horas de trabajo, conocimientos transmitidos de generación en generación, historias familiares y una parte de la identidad de las comunidades que mantienen vivas nuestras tradiciones.

 

Sin embargo, con frecuencia olvidamos mirar todo lo que existe detrás de una artesanía. Vemos el producto terminado, preguntamos cuánto cuesta y, en ocasiones, consideramos que su precio es demasiado elevado sin detenernos a pensar cuánto tiempo, esfuerzo y conocimiento fueron necesarios para crearlo.

 

Una pieza artesanal no puede medirse únicamente por sus materiales. También debe reconocerse el tiempo de quien la elabora, la técnica que aprendió desde pequeño, la creatividad que imprimió en cada detalle y la historia cultural que representa.

 

Hablar del trabajo de las y los artesanos mexicanos es hablar también de dignidad laboral. No podemos decir que valoramos nuestra cultura mientras regateamos el trabajo de quienes se encargan de mantenerla viva.

 

Porque cuando alguien regatea una artesanía hasta hacerla valer menos que una comida rápida, quizá está olvidando que no está negociando únicamente un objeto: está poniendo precio al tiempo de una persona.

 

Por eso es necesario cambiar nuestra manera de consumir artesanías. Comprar directamente a las y los artesanos cuando sea posible, conocer el origen de las piezas, evitar productos que imitan o se apropian de diseños tradicionales y, sobre todo, pagar un precio justo son acciones que pueden marcar una diferencia.

 

Darles su lugar también significa reconocer que la artesanía es una actividad económica y no solamente una expresión cultural. Las y los artesanos tienen derecho a vivir dignamente de su trabajo, a encontrar espacios justos para comercializar sus productos y a que sus conocimientos sean reconocidos y protegidos.

 

Además, detrás de muchas de estas piezas existen comunidades enteras. Cuando compramos directamente a una persona artesana, nuestro dinero puede contribuir al sustento de una familia y a que una tradición continúe siendo transmitida a las nuevas generaciones.

 

México tiene una riqueza cultural extraordinaria, pero las tradiciones no sobreviven por sí solas. Necesitan personas que las practiquen, comunidades que las preserven y una sociedad que las valore.

 

Tal vez la próxima vez que tengamos una artesanía frente a nosotros deberíamos detenernos unos segundos antes de preguntar cuánto cuesta y preguntarnos primero: ¿cuánto tiempo tomó hacerla?, ¿qué conocimientos hay detrás?, ¿de dónde viene?, ¿qué historia cuenta?

 

Porque valorar a nuestros artesanos no significa solamente admirar sus creaciones.

 

Significa reconocer sus manos, su tiempo, su talento y su dignidad.

 

Y quizá esa sea una de las mejores maneras de honrar a México: entendiendo que nuestra cultura no solamente se encuentra en los museos o en los libros de historia. También vive en los mercados, en los talleres, en las comunidades y, sobre todo, en las manos de quienes todos los días se encargan de mantenerla viva.

 

No regateemos nuestra identidad.

 

Démosle a las manos que crean México el lugar que merecen.

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de © Dog News 2024

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