El pasado viernes, el patio central del Palacio Municipal de San Luis Potosí, a las 17:00 horas, fue sede del conversatorio «La resignificación del cuerpo capturado: discapacidad», un encuentro que reunió al activista y creador de contenido Cristopher Escalante, la artista y docente Ana Gaby, el futbolista Rafael —integrante de un club potosino de futbol para amputados— y la fisioterapeuta Fernanda Torres.
Hay preguntas para las que nadie tiene respuesta. A sus 14 años, a Cristopher Escalante le dijeron que tenía una enfermedad genética en la retina, una condición tan poco común que ocurre en una de cada millón de personas. Desde entonces vive con una certeza a medias: tiene un diagnóstico, pero no sabe qué ocurrirá mañana.
«No sé si mañana me voy a quedar ciego, solo tenemos el diagnóstico y hasta ahí», dice.
La incertidumbre es quizá uno de los puntos de encuentro entre muchas personas con discapacidad, aunque cada una la atraviesa de manera distinta. Para algunas, el mayor reto está en aceptar un cuerpo que cambió; para otras, en enfrentar una ciudad que no fue diseñada para ellas o un sistema de salud que muchas veces las reduce a un diagnóstico.
Durante el conversatorio La resignificación del cuerpo capturado: discapacidad, las experiencias de activistas, deportistas y profesionales de la salud dejaron ver que no existe una manera única de habitar la discapacidad.
Para Escalante, el camino estuvo marcado por la sensación de ser tratado como un objeto de estudio. Recuerda consultas médicas en las que, siendo adolescente, su cuerpo parecía importar más que su propia voz. Cansado de tratamientos que no ofrecían respuestas, decidió dejar de perseguir una cura y buscar herramientas que le permitieran defenderse y construir su propio proyecto de vida.
«No necesitamos un referente. Mi referente soy yo sólito», afirma. «La mejor manera de existir es siendo tú mismo».
La experiencia de Rafael fue distinta. Hace 16 años sufrió una amputación y, aunque reconoce las barreras físicas y de infraestructura que enfrenta todos los días, recuerda haber sido acompañado por su familia y por las personas que lo rodearon.
«Yo pensaba que ya no iba a poder», admite.
Hoy forma parte de un club de futbol para amputados. Aprendió primero a caminar con muletas canadienses, luego a patear y después a correr. Cada nuevo movimiento le devolvió algo más que la movilidad: le permitió participar de nuevo.
«Cuando ves a las demás personas te motivas», dice. «Si estos muchachos pueden, nosotros podemos».
Su experiencia coincide con una idea que ha atravesado la filosofía desde hace siglos: si algo es humanamente posible, entonces también puede ser alcanzable para uno mismo.
La artista y maestra Ana Gaby, quien vive con escoliosis, encontró otra forma de resignificar su cuerpo. La danza le permitió verse reflejada en otras personas y aceptar que no todo en el cuerpo tiene que gustarnos para poder habitarlo con dignidad.
«No todo nuestro cuerpo nos tiene que gustar, pero podemos aceptar con amor que es nuestro y es lo que hay», reflexiona.
También ha enfrentado otras formas de discriminación: compañías aseguradoras que se niegan a cubrir a personas con discapacidad o la infantilización constante.
«Yo soy una adulta; cómo vestirme lo decido yo», dice.
Para la fisioterapeuta Fernanda Torres, el principal problema es que la discapacidad suele entenderse únicamente desde el cuerpo y no desde la persona. En su experiencia profesional, muchas veces el sistema de salud prioriza los protocolos antes que las historias individuales.
«Las personas no son protocolos», sostiene.
La especialista considera que, ante una discapacidad, el miedo suele anticiparse a la experiencia misma: el temor a dejar de pertenecer, a ya no ser querido o a no poder lograr determinadas cosas. Sin embargo, insiste en que muchas veces la respuesta está en aprender a hacer las cosas de otra manera y en permitirse atravesar el proceso con calma.
«Tal vez no podemos jugar futbol igual, sino de una manera distinta.»
Las historias compartidas en el conversatorio dejaron una idea en común: la discapacidad no se vive de forma homogénea. Hay quienes encuentran apoyo y quienes enfrentan la cosificación; quienes descubren nuevas posibilidades y quienes todavía pelean por ser reconocidos como personas antes que como diagnósticos.
Quizá, como plantea Escalante, no existe un molde que seguir ni un referente único al que parecerse. La vida, dice, va poniendo personas y caminos distintos. Y en medio de la incertidumbre, la adaptación y las pérdidas, cada quien termina construyendo su propia manera de existir.








