Taller «habitar nuestros cuerpos»

Durante el taller Habitar nuestros cuerpos, realizado en el Palacio Municipal de San Luis Potosí, la activista y consejera municipal de la juventud, Sofía Vargas, reflexionó sobre cómo el género y la discapacidad atraviesan de forma estructural las condiciones de vida, señalando que en México “ser mujer ya representa una desventaja”, y que esa desigualdad se profundiza en el caso de las mujeres con discapacidad.

Vargas cuestionó la forma en que los cuerpos son leídos desde una mirada clínica, en la que primero se antepone la condición médica antes que la persona sujeta de derechos humanos. En ese sentido, criticó que en muchos entornos médicos no existe un trato humanizado, sino dinámicas aceleradas y etnocentristas que reducen la experiencia del paciente y lo colocan más como objeto de atención que como sujeto de decisión.

Uno de los puntos centrales de su intervención fue la idea de que “el entorno es el que discapacita”, al señalar que la discapacidad no reside únicamente en el cuerpo, sino en las barreras físicas, sociales y culturales que impiden la participación en igualdad de condiciones. En esa línea, enfatizó que la falta de accesibilidad en espacios públicos, instituciones médicas y entornos cotidianos sigue generando desigualdad estructural.

También abordó la influencia de los estándares de belleza en la exclusión de cuerpos diversos, señalando que desde lo estético se reproduce una forma de discriminación que define qué cuerpos son considerados “apropiados” o “normales”. Desde esa lógica, dijo, aquello que se aleja de ese ideal suele ser leído como “no deseable” o incluso como algo que “no debería existir”. Pongamos en duda lo siguiente, ¿qué tanto vemos personas con discapacidad en redes sociales? Vargas advirtió además sobre distintas formas de violencia normalizadas hacia las personas con discapacidad, como la sobreprotección, la infantilización y la falta de autonomía en la toma de decisiones. Explicó que muchas mujeres con discapacidad enfrentan barreras adicionales por miedo a hablar o por dinámicas de control dentro de sus círculos cercanos, lo que limita el ejercicio pleno de sus derechos.

En el ámbito de la salud y la vida cotidiana, señaló prácticas comunes como dirigir la consulta médica al acompañante y no a la persona con discapacidad, lo que refuerza la pérdida de agencia. Asimismo, subrayó que el acceso a instrumentos de apoyo como bastones, muletas o sillas de ruedas también está atravesado por prejuicios estéticos y sociales que normalizan la incomodidad como parte de la experiencia.

Otro eje de su reflexión fue la forma en que la sociedad construye narrativas sobre la sexualidad de las personas con discapacidad. Vargas señaló que persisten estigmas que oscilan entre la hipersexualización y la negación del deseo, lo que deriva en prejuicios, falta de educación y en la idea de que una persona con discapacidad “recibe una oportunidad” al ser amada, cuando en realidad —subrayó— se trata de relaciones entre iguales, donde también existe derecho al consentimiento, al rechazo y al deseo.

Finalmente, retomó la idea de que los cuerpos son reconocidos socialmente a partir de la mirada de otros, y que esa construcción externa influye directamente en la manera en que las personas se perciben a sí mismas. En ese sentido, insistió en la necesidad de ampliar la representación, cuestionar los estándares normativos y reconocer que todos los cuerpos tienen derecho a existir, ser vistos y ser tratados con dignidad.

Compartir post:

RECIENTES