El Zumbador Garganta Rayada llega a Monterrey

Las ciudades, a veces, olvidan que también son territorio de asombro. Entre avenidas y edificios, en un parque urbano de Monterrey, un pequeño fulgor alado alteró la rutina de febrero. Por primera vez se documentó en Nuevo León la presencia del Zumbador Garganta Rayada, un colibrí cuya distribución habitual pertenece al occidente de México. El hallazgo no ocurrió en una expedición remota, sino en el corazón mismo de la vida metropolitana.

El descubrimiento tuvo lugar el seis de febrero de 2026, cuando el naturalista Daniel Tapia observó un ejemplar que no coincidía con las especies comunes de la zona. Intrigado por el matiz de su garganta y la sutileza de su vuelo, compartió el registro en la plataforma iNaturalist, donde la comunidad de especialistas y aficionados contrastó imágenes y características. Una segunda observación confirmó lo insólito: se trataba de un macho juvenil de esta especie migratoria.

El registro fue validado también en eBird, consolidando el primer avistamiento formal en el noreste del país. El Zumbador Garganta Rayada, diminuto en tamaño pero generoso en color, mide entre siete y diez centímetros y pesa apenas unos gramos. Su rasgo más distintivo son las franjas rojo vino que atraviesan la garganta, un detalle que bajo la luz adecuada parece encenderse como brasa suspendida en el aire.

El ejemplar fue visto alimentándose de las flores del árbol conocido como pata asiática de vaca, especie ornamental originaria del sureste de Asia que hoy forma parte del paisaje urbano. La escena, casi poética, une continentes: un ave del occidente mexicano bebiendo néctar de un árbol asiático en el noreste industrial del país. Los expertos señalan que recientes fenómenos migratorios han favorecido la llegada de especies poco comunes durante los primeros meses del año.

Más allá de la rareza biológica, el acontecimiento subraya el papel de los parques urbanos como refugios inesperados de biodiversidad. Estos espacios, a menudo vistos solo como áreas de recreo, funcionan también como estaciones de descanso y alimentación para aves en tránsito. La ciudad, así entendida, no es antagonista de la naturaleza, sino escenario posible de su persistencia.

Este registro confirma además el poder de la ciencia ciudadana. Plataformas digitales y observadores atentos amplían el mapa del conocimiento con cada fotografía y cada anotación. En tiempos donde la información circula a velocidad vertiginosa, resulta reconfortante que un pequeño colibrí recuerde algo esencial: aún en medio del concreto, la naturaleza encuentra la forma de sorprendernos.

Compartir post:

RECIENTES