Un cuarto propio para amamantar

En el corazón del Campus Rioverde de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde el bullicio juvenil suele confundirse con el viento seco de la Zona Media, ha nacido un espacio discreto pero profundamente simbólico: un lactario. No es solo una habitación con refrigerador y sillones cómodos; es una declaración silenciosa de principios. La Facultad de Estudios Profesionales Zona Media abre así una puerta a la equidad tangible, esa que se construye con acciones concretas y no solo con discursos bien intencionados.

La iniciativa, impulsada desde la Licenciatura en Enfermería y acompañada por autoridades universitarias, reconoce algo que durante siglos fue relegado al ámbito privado: el derecho de las mujeres a ejercer la maternidad sin sacrificar su vocación académica o profesional. En la ceremonia inaugural, encabezada por el doctor Héctor López Gama, se habló menos de infraestructura y más de dignidad. Porque eso es, en el fondo, un lactario: un espacio donde la biología y el conocimiento no se estorban, sino que se acompañan.

La doctora Teresita de Jesús Muñoz Torres recordó que la creación de estos espacios responde a normativas nacionales que promueven la lactancia materna más allá de hospitales y clínicas. La universidad, como microcosmos social, no podía quedarse al margen. Reconocer la lactancia como un derecho es también asumir que la salud pública empieza en los gestos cotidianos, en la posibilidad de extraer y resguardar leche materna con seguridad y sin sobresaltos.

No se trata únicamente de comodidad. La evidencia médica ha subrayado, una y otra vez, que la lactancia materna reduce riesgos de cáncer de mama, cervicouterino y de ovario, y puede convertirse en un factor protector frente a la osteoporosis. Para los recién nacidos, representa un alimento insustituible, diseñado con precisión biológica para cada etapa del crecimiento. En tiempos donde la prisa y la precariedad suelen dictar las rutinas, defender la lactancia es también defender el tiempo y el cuidado.

Hay además una dimensión social que no puede ignorarse. Facilitar la lactancia dentro del campus fortalece la permanencia académica y laboral de las mujeres. Evita deserciones silenciosas, ausencias forzadas y renuncias que no siempre aparecen en las estadísticas. El lactario no es un privilegio; es una herramienta para equilibrar la balanza en una sociedad que históricamente ha exigido a las madres elegir entre su desarrollo y su crianza.

Así, en un gesto aparentemente sencillo, la universidad envía un mensaje que trasciende muros: la maternidad no es un obstáculo, sino parte de la experiencia humana que las instituciones deben acompañar. En ese pequeño cuarto del Campus Rioverde se ensaya, acaso, una forma más justa de comunidad. Una donde estudiar, trabajar y amamantar no sean caminos que se bifurcan, sino sendas que pueden caminarse al mismo tiempo.

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