Hay billetes que pasan de mano en mano sin dejar rastro y otros que se detienen, aunque sea un instante, a contar algo más. En el marco de su centenario, el Banco de México decidió que la conmemoración no fuera solo un acto protocolario, sino un objeto tangible: un billete de cien pesos pensado como una pieza de memoria, capaz de narrar un siglo de estabilidad, decisiones técnicas y silencios necesarios.
El banco central nació en un país que buscaba ordenarse tras la turbulencia revolucionaria. Desde entonces, su historia ha estado marcada por la tarea invisible de cuidar el valor del dinero, una labor que rara vez despierta aplausos, pero que sostiene la vida cotidiana. El nuevo billete recoge esa vocación y la transforma en imagen, textura y símbolos que dialogan con el pasado y con el presente.
En su diseño conviven la arquitectura histórica que albergó los primeros pasos de la institución y elementos que evocan el trabajo, la disciplina y la responsabilidad pública. No es una estética casual: cada línea remite a la idea de solidez, de un edificio que ha resistido crisis, cambios políticos y transformaciones económicas sin perder su función esencial.
El reverso abre otra lectura. Ahí aparecen referencias al resguardo, a la circulación del dinero y a la modernidad financiera, como si el billete quisiera recordarnos que la economía también es una historia de adaptación. De la tinta y el papel a los sistemas digitales, el mensaje es claro: la estabilidad no es inmovilidad, sino capacidad de evolucionar sin romperse.
Aunque su valor nominal es el mismo de siempre, este ejemplar tiene un peso simbólico distinto. No fue concebido como una emisión masiva, sino como una pieza conmemorativa que dialoga con coleccionistas, curiosos y ciudadanos atentos. Es dinero que circula, sí, pero también un pequeño archivo portátil de la vida institucional del país.
Así, el centenario de Banxico queda impreso en un objeto cotidiano que invita a mirar dos veces. En tiempos donde lo digital parece desplazarlo todo, un billete recuerda que la historia también se guarda en papel, y que a veces basta observar lo que llevamos en el bolsillo para entender un poco mejor de dónde venimos.








