Hay artistas que llenan estadios y otros que llenan épocas. Shakira pertenece a esa estirpe que no solo canta, sino que marca el pulso sentimental de generaciones enteras. Ahora, su voz volverá a resonar en el corazón político y simbólico del país: el Zócalo de la Ciudad de México será el escenario de un concierto gratuito que promete convertirse en uno de esos episodios que la memoria colectiva guarda como si fueran propios.
La noticia no tardó en expandirse como pólvora digital. La intérprete colombiana anunció que ofrecerá este recital masivo como un gesto de gratitud hacia el público mexicano, ese que la ha acompañado desde los días de baladas juveniles hasta sus más recientes himnos de resiliencia. La cita será el primero de marzo por la noche, cuando la plancha capitalina se transforme en un océano de luces y voces.
El Zócalo no es cualquier escenario. Es la plaza donde confluyen la historia y el presente, donde han desfilado causas sociales, celebraciones patrias y conciertos multitudinarios que redefinen la relación entre cultura y espacio público. Cantar ahí no es solo montar un espectáculo; es inscribirse en una tradición donde la música se vuelve acontecimiento cívico.
Para Shakira, este regreso tiene algo de reencuentro. Años atrás ya había probado la magnitud emocional de cantar frente a cientos de miles de personas en ese mismo sitio. Ahora vuelve con una trayectoria aún más robusta, con canciones que han acompañado rupturas, celebraciones y reinvenciones personales. Su figura, moldeada entre el pop, el rock latino y los ritmos caribeños, dialogará con una plaza que sabe de ecos históricos.
La gratuidad del evento no es un detalle menor. En una época donde los espectáculos de gran formato suelen estar reservados para quienes pueden pagar boletos elevados, abrir el acceso a todos convierte el concierto en un acto de democratización cultural. La música, así, recupera su vocación comunitaria: ser un puente y no una barrera.
Cuando la noche caiga sobre la Catedral y las luces del escenario se enciendan, la ciudad vivirá algo más que un recital. Será un ritual contemporáneo, un coro multitudinario que confirmará que ciertas canciones ya no pertenecen solo a quien las compuso, sino a quienes las cantan a todo pulmón en la plaza mayor.








