Sarah Schleper escribe su nombre en la nieve olímpica

Hay trayectorias que se miden en medallas y otras que se cuentan en perseverancia. En las montañas de Milano-Cortina 2026, Sarah Schleper ha firmado una página singular en la historia del olimpismo al convertirse en la primera esquiadora alpina, mujer u hombre, en participar en siete Juegos Olímpicos de Invierno consecutivos. Desde Nagano 1998 hasta la cita italiana, su silueta ha descendido por distintas generaciones de nieve.

A sus 46 años, la esquiadora mexicana enfrentó la exigente prueba de Super-G en el Centro de Esquí Alpino Tofane y cruzó la meta en la posición 26, con un tiempo de 1:31.37 minutos. La pista, marcada por condiciones climáticas adversas, fue implacable: 17 de las 43 competidoras no lograron concluir el recorrido. En ese contexto, su resultado no solo fue meritorio, sino que representó su mejor actuación olímpica en esta disciplina.

La historia de Schleper es también la de una identidad elegida. Nacida en Colorado, compitió en sus primeras cuatro justas invernales bajo la bandera de Estados Unidos. Sin embargo, tras naturalizarse mexicana en 2014, decidió representar al país de su familia. Desde entonces, ha defendido los colores tricolores en PyeongChang 2018, Beijing 2022 y ahora en Milano-Cortina 2026, ampliando el horizonte del deporte invernal mexicano.

Pero si su récord deportivo es notable, el componente humano lo es aún más. En estos Juegos compite junto a su hijo Lasse Gaxiola, de 18 años, formando la primera dupla madre-hijo en disputar una misma edición olímpica de invierno. En una disciplina donde la exigencia física es extrema, compartir la experiencia con su descendencia convierte la hazaña en un relato generacional que trasciende los cronómetros.

Su presencia también desafía las convenciones sobre la edad y el alto rendimiento. En un entorno donde la juventud suele dominar, Schleper demuestra que la experiencia puede ser aliada del temple. Cada descenso suyo es, de alguna manera, una conversación entre la atleta que fue en los años noventa y la mujer que hoy encara la montaña con una mirada más serena.

Aún le resta competir en la prueba de slalom gigante, que podría marcar el cierre de una carrera olímpica sin precedentes. Si así fuera, no sería una despedida menor. Sería el final de un ciclo que amplió los límites del esquí alpino para México y que recordó que, incluso en los deportes donde el país parece forastero, siempre hay quien se atreve a dejar huella sobre la nieve.

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