En medio del ir y venir de vehículos y la vigilancia constante de las carreteras potosinas, hay una escena que rompe con la rutina del asfalto: perros que antes vagaban en el abandono hoy descansan bajo la sombra de los Puntos de Atención Ciudadana. No custodian, no portan uniforme, pero su presencia dice mucho más de lo que cualquier protocolo podría expresar.
Como parte de una estrategia impulsada por el gobernador Ricardo Gallardo Cardona, la Guardia Civil Estatal ha integrado a perritos rescatados en sus espacios de trabajo, convirtiendo lo que antes eran simples puntos de vigilancia en pequeños refugios donde la empatía también forma parte del servicio público. Es un gesto que, sin estridencias, redefine el significado de seguridad.
En tramos carreteros como la 57, la 49 y la vía a Rioverde, estos animales han encontrado algo más que alimento: han encontrado pertenencia. Algunos, como Güero, llegaron por cuenta propia y decidieron quedarse, como si intuyeran que ese lugar, entre uniformes y rutinas, podía ser también un hogar. Otros, como Muñeca y Veterano, fueron rescatados en condiciones adversas y poco a poco recuperaron su salud bajo el cuidado de los elementos.
Hay historias que conmueven por su fragilidad. Dominga, por ejemplo, llegó gravemente herida y fue acompañada hasta el final de sus días. En su breve estancia, dejó una huella silenciosa que recuerda que incluso los gestos más pequeños pueden dignificar una vida. No todas las historias tienen un final feliz, pero todas importan.
Con el tiempo, estos lomitos han tejido vínculos inesperados. Acompañan jornadas, observan cambios de turno y se convierten en testigos cotidianos de una labor que, lejos de endurecerse, se humaniza. Su presencia no solo reconforta a quienes trabajan ahí, también envía un mensaje claro a quienes transitan: la seguridad también puede tener rostro amable.
Así, entre sirenas lejanas y caminos interminables, estos espacios comienzan a narrar otra historia. Una donde la autoridad no solo protege, sino también cuida; donde la solidaridad no distingue especies; y donde, en medio de la vigilancia, florece algo profundamente humano: la capacidad de ofrecer refugio a quien más lo necesita.








