Hay formas de violencia que no necesitan presencia física para existir. En el territorio intangible de las pantallas, donde todo parece efímero, el daño se instala con una persistencia inquietante. Bajo esa premisa, la activista Olimpia Coral Melo volvió a poner en palabras una realidad que muchas veces se oculta: la agresión digital es real, concreta y profundamente humana en sus consecuencias.
En la conferencia “Prevención y Atención de la Violencia Digital e Implementación de la Ley Olimpia en la legislación local”, su intervención no se limitó a la denuncia, sino que abrió un mapa complejo de las nuevas violencias. Ahí, frente a un público que oscilaba entre la atención y la inquietud, lanzó una frase que sintetiza toda una época: “No te tocan, no te ven, pero la ofensa ocurre a través de un contacto digital”. Con ello, desmanteló la idea de que lo virtual es inofensivo.
Uno de los puntos más incisivos de su exposición fue la crítica a los algoritmos que rigen las plataformas digitales. Según explicó, estos sistemas no son neutrales: favorecen la circulación de contenido íntimo no consensuado porque responden a lógicas de consumo. En esa dinámica, lo que debería ser eliminado se convierte en tendencia, y lo que vulnera se transforma en espectáculo, dejando a las víctimas atrapadas en una repetición constante del agravio.
La conversación también se adentró en terrenos aún más inquietantes, como el uso de tecnologías emergentes. Los llamados robots sexuales y los contenidos generados mediante inteligencia artificial, incluidos los deepfakes, fueron señalados como nuevas vertientes de una violencia que muta con rapidez. En estos casos, la intimidad puede ser fabricada, alterada o expuesta sin consentimiento, ampliando los límites del daño.
Melo subrayó que, aunque la legislación mexicana ha dado pasos importantes con la Ley Olimpia, el reto ahora es su implementación efectiva. Habló de la urgencia de fortalecer a la policía cibernética, dotarla de herramientas tecnológicas y capacitación especializada, y evitar que las reformas queden rezagadas frente a la velocidad con la que evolucionan los delitos digitales.
Al final, su mensaje no fue solo una advertencia, sino una invitación a replantear la forma en que se habita el mundo digital. Porque la libertad de expresión, insistió, no puede ser excusa para la violencia. En ese delicado equilibrio entre derechos y responsabilidades, la sociedad enfrenta una tarea ineludible: reconocer que detrás de cada pantalla hay una vida que merece ser protegida.








