En nuestra época, morir ya no significa desaparecer del todo. Los perfiles permanecen, las fotografías siguen recibiendo reacciones y los mensajes antiguos se convierten en vestigios de una presencia que alguna vez fue cotidiana. Ahora, la empresa tecnológica Meta Platforms ha llevado esa persistencia un paso más allá al obtener, a finales de 2025, una patente para una herramienta de inteligencia artificial capaz de simular la actividad de un usuario ausente o fallecido en redes sociales.
La compañía matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp plantea un sistema entrenado con el historial digital de cada persona: publicaciones, comentarios, mensajes privados y patrones de interacción. A partir de ese archivo íntimo, la inteligencia artificial podría replicar el estilo, el tono y hasta las reacciones habituales del usuario, manteniendo su cuenta activa mediante respuestas automatizadas y participación constante.
El documento de la patente describe la tecnología como un mecanismo para “simular al usuario cuando está ausente del sistema social”. La ausencia puede ser temporal —un retiro voluntario, una pausa prolongada— o definitiva. En ambos casos, la promesa técnica consiste en mitigar el impacto emocional que genera el silencio abrupto de un perfil que solía estar vivo. La propuesta, sin embargo, no solo suena futurista; también despierta ecos inquietantes de la ficción tecnológica.
Meta ha aclarado que el registro de la patente no implica necesariamente que la herramienta vaya a implementarse. En el mundo corporativo, muchas ideas se protegen jurídicamente sin que lleguen a materializarse. No obstante, el simple hecho de que esta posibilidad exista en el terreno legal ha reavivado discusiones profundas sobre la identidad digital, el consentimiento póstumo y los límites éticos de la automatización.
¿Qué significa que una inteligencia artificial responda en nombre de alguien que ya no está? ¿Quién decide qué versión de esa persona se preserva o se proyecta? El debate no es meramente técnico; es filosófico. Las redes sociales han sido, durante dos décadas, espacios de construcción de memoria personal. Convertir esa memoria en una simulación activa podría alterar la forma en que entendemos el duelo y la autenticidad.
En el fondo, la patente revela una tensión propia de nuestro tiempo: la tecnología avanza más rápido que las preguntas morales que la acompañan. Si alguna vez esta herramienta ve la luz, no solo transformará la dinámica de plataformas digitales, sino también la manera en que concebimos la permanencia en la era de los datos. Porque, en el siglo veintiuno, incluso la ausencia puede programarse.








