La Feria CES volvió a funcionar como un espejo adelantado del mundo que viene. En los pasillos de Las Vegas, la inteligencia artificial dejó de presentarse como una función adicional para convertirse en el corazón de los nuevos dispositivos. Teléfonos, gafas y computadoras portátiles se mostraron no solo más potentes, sino también más atentos, más adaptables y, en apariencia, más conscientes de quienes los usan.
En el terreno de los teléfonos inteligentes, la apuesta fue clara: pantallas flexibles, formatos híbridos y sistemas capaces de anticipar necesidades. Los nuevos modelos no solo se doblan o se expanden, también aprenden rutinas, optimizan tareas y transforman al dispositivo en una especie de asistente personal permanente, capaz de gestionar trabajo, comunicación y entretenimiento sin fricciones visibles.
Las computadoras portátiles siguieron esa misma lógica de transformación silenciosa. Pantallas que se extienden, interfaces que responden a gestos y voz, y procesadores diseñados para ejecutar tareas complejas de inteligencia artificial sin depender de la nube marcaron la pauta. La laptop tradicional empieza a parecer una reliquia frente a máquinas que se adaptan al ritmo y al espacio de cada usuario.
Las gafas inteligentes, durante años atrapadas entre la promesa y el escepticismo, encontraron en la IA su punto de equilibrio. Los nuevos modelos apuestan por diseños más discretos y funciones concretas: traducción instantánea, lectura de mensajes, asistencia visual y acceso inmediato a información contextual, todo sin aislar al usuario del mundo real. La tecnología, por fin, aprende a no estorbar.
CES 2026 dejó una idea clara flotando en el aire: la inteligencia artificial ya no busca sorprender con fuegos artificiales, sino integrarse con naturalidad a la vida cotidiana. Más que gadgets futuristas, lo que se presentó fue una nueva forma de relación entre las personas y la tecnología, donde pensar, anticipar y acompañar se vuelven las verdaderas innovaciones.









