El verano no es una competencia
Entre la presión por «aprovechar el tiempo» y el miedo a no hacer lo suficiente, también existe el derecho a simplemente descansar.
¿Alguna vez han sentido culpa por descansar durante las vacaciones?
Yo sé que, durante el semestre, entre proyectos, tareas y exámenes, contamos los días para que por fin lleguen las vacaciones. Sin embargo, en más de una ocasión me he sentido poco productiva al encontrarme descansando. Es terrible estar en casa con la familia, en una plática con los amigos o simplemente pasando tiempo con nosotros mismos y que, de pronto, aparezca ese sentimiento de culpa por «no estar haciendo nada de provecho» con el tiempo que tenemos.
Personalmente, me prometí ocupar las vacaciones en todas esas actividades que había descuidado durante el semestre: volver al gimnasio, tocar algún instrumento, tomar fotografías, platicar con amistades que hacía tiempo no veía e, incluso, salir de viaje con mi familia. Pero, conforme pasaban los días, me di cuenta de que, aunque estuviera haciendo cosas que realmente disfrutaba, en mi cabeza seguía rondando la idea de que estaba perdiendo el tiempo. En lugar de descansar, pensaba que debería estar tomando cursos para ampliar mi currículum o revisando convocatorias abiertas que, según yo, podrían dejarme algo de provecho. Esos pensamientos solo conseguían que me sintiera frustrada y desanimada, incluso mientras hacía las actividades que durante tanto tiempo había esperado.
Y ni hablar de cuando abría Instagram. Me daba cuenta de que todos mis conocidos parecían estar haciendo cosas más interesantes, incluso en vacaciones. Mientras yo disfrutaba un día de playa, alguien más salía a correr a las seis de la mañana. Mientras yo veía un día perfecto para Netflix and chill, alguien más aprovechaba para ver documentales educativos y aprender algo nuevo. Mientras yo disfrutaba una salida a una cafetería, alguien más organizaba una sesión de fotos con outfits deslumbrantes y maquillajes impecables.
Al principio pensé que simplemente era FOMO. Así que decidí volver mi rutina mucho más «productiva». Ya saben: levantarme antes de que saliera el sol para ir a correr; emplatar el desayuno para tomarle una foto y subirla a Instagram; escoger un buen outfit para salir a pasear por la ciudad; romantizar las caminatas por el centro, aunque me estuvieran doliendo los pies; hacer mi rutina de skincare de diez pasos; meditar todas las noches sin falta y, de ley, terminar el día leyendo un libro de superación personal, suplicando que, de alguna manera, me hiciera sentir mejor conmigo misma. Vivía intentando optimizar cada minuto, como si sintiera que se me fuera el tren.
Pero ¿saben qué? Al final del día, nada de eso me hacía sentir más feliz. Tampoco me convertía en una mejor persona y, mucho menos, sentía que estuviera siendo auténtica conmigo misma. Aunque desde afuera pareciera una rutina perfecta, por dentro solo sentía un vacío enorme y unas inmensas ganas de llorar. No sabía cómo nombrar esa sensación ni, mucho menos, cómo empezar a sanar esa parte de mí.
Cada mañana era un martirio repetir la misma rutina con la esperanza de que, en algún momento, alguien aplaudiera mi esfuerzo o pensara que estaba invirtiendo bien mi tiempo. Creía que, tarde o temprano, ese estilo de vida daría resultados y el sentimiento de culpa desaparecería. Pero ocurrió exactamente lo contrario.
Dejé de disfrutar las caminatas de la mañana, porque antes admiraba el paisaje y ahora solo pensaba en mejorar mis tiempos. Dejé de disfrutar el desayuno que tanto esperaba, porque terminaba comiéndomelo frío después de tomarle decenas de fotos. Dejé de disfrutar la ropa que antes combinaba sin miedo, porque empecé a vestir siguiendo patrones genéricos que encontraba en Pinterest. Dejé de disfrutar las salidas por la ciudad, porque me preocupaba más verme perfecta mientras caminaba que observar las calles de adoquín que tanto me gustaban. Incluso, en las cafeterías, dejé de prestar atención a las conversaciones por estar pensando cuál sería la orden «perfecta». Mi cuidado personal dejó de ser un acto de cariño para convertirse en una búsqueda interminable de imperfecciones que sentía que ni la mejor crema podría borrar. Las meditaciones dejaron de relajarme porque en mi mente ya no existía la calma y, por supuesto, el libro de superación personal tampoco surtía efecto; ningún consejo podía hacer eco en una cabeza llena de pensamientos negativos.
Mientras observaba la vida aparentemente perfecta de todos los demás, no dejaba de preguntarme por qué, si la mía se veía tan parecida, no lograba hacerme sentir igual de feliz.
Entonces entendí el error que estaba cometiendo. Me había preocupado tanto por hacer que cada momento pareciera especial que olvidé vivirlo.
Estaba tan ocupada intentando construir unas vacaciones perfectas que dejé de disfrutar las vacaciones que ya tenía.
Quizá el problema nunca fueron las vacaciones, sino la idea que hemos construido sobre ellas. Crecimos creyendo que siempre debemos estar haciendo algo para sentir que valemos, como si descansar fuera sinónimo de conformarse o perder el tiempo.
Nos acostumbramos tanto a medir nuestros días por lo que producimos que olvidamos preguntarnos cómo nos sentimos. Cuando el descanso comienza a generar culpa, deja de ser descanso.
Al día siguiente no me levanté a correr, desayuné ya entrada la mañana con mi familia en la mesa del comedor. El huevito me lo comí en taquitos, justo como me lo servía mi mamá. Me puse unos shorts y mis crocs para salir a caminar mientras observaba con detenimiento las calles por las que pasaba, como si descubriera pequeños detalles nuevos entre las fachadas. Tuve conversaciones muy profundas sobre esa sensación que me había acompañado durante semanas. Me miré al espejo con un cariño que nunca antes me había permitido, entendiendo que muchas de esas «imperfecciones» eran simplemente parte de mi edad. Y, en lugar de abrir un libro de superación personal buscando respuestas, me senté en el sillón a ver una buena película, de esas que me hacen reír hasta que me duele el estómago.
Esa noche me fui a dormir feliz.
Sí, cuando entré a Instagram volvieron a aparecer las rutinas perfectas, los cuerpos perfectos, los desayunos perfectos y las vacaciones perfectas. La diferencia era que, por primera vez en mucho tiempo, ya no sentía la necesidad de imitarlas. Había encontrado una rutina mucho más efectiva para sentirme bien.
Admito que tuve que aplazar algunos proyectos personales, como ponerme fuertísima para el verano o terminar un libro entero en menos de un mes. Sin embargo, mi energía estaba por los cielos desde que despertaba hasta que me iba a dormir. Descubrí que dormir nueve horas hacía mucho más por mi estado de ánimo que ser la primera persona corriendo al amanecer.
Hoy disfruto mucho más de quienes me rodean, ahora que no estoy entre clases, tareas o cursos. Porque entendí que las pausas también son necesarias para volver a tomar impulso. Tal vez la verdadera productividad no siempre se refleje en un certificado, una constancia o una fotografía para redes sociales. A veces consiste en regresar a clases con la mente tranquila, el corazón ligero y la certeza de que no dejamos pasar el verano intentando demostrarle algo a los demás.
Las vacaciones no sirven para escapar de la escuela; también sirven para reencontrarnos con la persona que, entre tareas, exámenes y responsabilidades, a veces dejamos de ser.
Soy feliz sin sentir culpa por esos momentos en los que, aparentemente, no hago «nada». Y esa tranquilidad llegó cuando aprendí a valorar el presente, que, como bien dicen, es precisamente eso: un presente. Ya sea estando sola o acompañada, en la mañana o en la noche, riendo o llorando, en casa o en una fiesta; procurando siempre mantener un equilibrio entre mi bienestar personal y esas oportunidades que, quizá, solo aparecen una vez en la vida.
No se preocupen por parecer perfectos. Todos somos imperfectos, y justamente ahí está lo que nos hace únicos.
Cuando regresen las clases volverán los exámenes, las tareas y las fechas de entrega. Estas vacaciones, en cambio, nadie los está calificando… y ojalá ustedes tampoco lo hagan.







