Noruega volvió a sorprender al mundo durante la Copa Mundial de 2026. Aunque su camino terminó en los cuartos de final tras caer ante Inglaterra, la selección dejó una de las mejores actuaciones del torneo. Con figuras como Erling Haaland, Martin Ødegaard y Alexander Sørloth, el equipo demostró que el éxito no siempre depende del tamaño de un país, sino de la forma en que educa a sus deportistas.
Con apenas 5.6 millones de habitantes y una tradición más ligada al esquí y los deportes de invierno que al fútbol, Noruega ha logrado producir atletas de élite en disciplinas muy distintas. Desde campeones olímpicos hasta estrellas del atletismo y del balompié, el país escandinavo ha construido un modelo deportivo que despierta el interés de especialistas alrededor del mundo.
La base de ese modelo tiene un nombre: idrettsglede, una filosofía que podría traducirse como «la alegría de practicar deporte». Más que buscar victorias a cualquier costo, este enfoque promueve que niñas, niños y jóvenes disfruten la actividad física, aprendan a trabajar en equipo y desarrollen confianza en sí mismos antes de pensar en los resultados.
Durante la infancia, la competencia ocupa un segundo plano. En muchas categorías se evita ejercer presión sobre los menores y se privilegia que todos tengan oportunidades de jugar, experimentar distintas disciplinas y desarrollar habilidades a su propio ritmo. La idea es sencilla: quien disfruta el deporte tiene más posibilidades de permanecer en él y alcanzar su máximo potencial.
Ese modelo ha dado frutos notables. Noruega se ha convertido en una referencia internacional por la cantidad de atletas de alto rendimiento que produce en relación con el tamaño de su población. El éxito de figuras como Haaland y Ødegaard no es una casualidad, sino el reflejo de una cultura que entiende que los grandes campeones se forman desde la motivación y no desde el miedo al fracaso.
Más que una estrategia deportiva, el idrettsglede es una manera de entender la vida. En una época en la que la presión por ganar aparece desde edades tempranas, la experiencia noruega recuerda que el talento florece con mayor fuerza cuando el deporte conserva aquello que lo hizo especial desde el principio: la emoción de jugar.

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