En Tecate, donde la frontera no solo divide territorios sino también ideas, ha comenzado a escribirse un nuevo capítulo en la relación entre humanos y animales. El gobierno municipal puso en marcha el Registro Único de Animales de Compañía, una medida que, en apariencia, busca ordenar el afecto: convertir el vínculo cotidiano con perros y gatos en un acto también administrativo, medible y, sobre todo, rastreable.
El registro, gratuito y abierto, ofrece una promesa que parece simple pero encierra una aspiración profunda: que ningún animal vuelva a perderse sin posibilidad de regreso. Identificación oficial, acceso a campañas de vacunación y esterilización, y la posibilidad de ubicar a quienes se extravían forman parte de este intento por dotar de estructura a una convivencia que históricamente ha sido tan emocional como desordenada.
Sin embargo, toda política que intenta clasificar la vida tropieza inevitablemente con sus propias fronteras. La introducción de una licencia especial para perros considerados potencialmente peligrosos ha encendido un debate que va más allá del trámite. Razas como el Rottweiler, Pitbull o Pastor Alemán han sido colocadas bajo una lupa institucional que exige un pago adicional, como si la naturaleza pudiera tasarse y la conducta anticiparse por decreto.
Las críticas no tardaron en aparecer. Para muchos ciudadanos y defensores del bienestar animal, la medida carga con un viejo prejuicio: el de atribuir a la genética lo que en realidad pertenece al terreno de la crianza. Argumentan que etiquetar razas no solo simplifica un problema complejo, sino que puede tener consecuencias indeseadas, como el abandono de aquellos animales que, de pronto, cargan con un estigma legal.
Desde la autoridad, la defensa es pragmática. La directora del Instituto Municipal de Bienestar Animal sostiene que el registro permitirá construir políticas más precisas, dar seguimiento a la salud de las mascotas y atender con mayor eficacia los casos de maltrato. En esa lógica, el control no es castigo, sino herramienta; no busca señalar, sino prevenir.
El fondo del debate, sin embargo, es más amplio y más incómodo. En un país donde millones de perros viven en la calle y donde las agresiones forman parte de una estadística persistente, la pregunta no es solo cómo registrar, sino cómo convivir. Entre la necesidad de orden y el riesgo de estigmatización, Tecate se convierte en un espejo: uno que obliga a mirar no a los animales, sino a la manera en que los humanos decidimos entenderlos.








