En la vasta coreografía del cosmos, hay eventos que nos recuerdan nuestra condición de espectadores agradecidos ante la magnificencia del universo. El próximo 17 de febrero de 2026, un eclipse solar recorrerá el cielo, y México estará entre los escenarios donde podrá observarse. Este fenómeno, que oscurece el día y despierta la fascinación humana desde tiempos inmemoriales, se convierte en una invitación a mirar hacia arriba y recordar que somos parte de una trama mucho más vasta que la cotidiana.
Un eclipse solar ocurre cuando la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol, proyectando su sombra sobre nuestro planeta y generando un breve y sublime atardecer en plena luz del día. La belleza de este fenómeno ha sido interpretada por culturas diversas como un signo, un presagio, un misterio o una oportunidad para la contemplación. Hoy, la ciencia nos permite anticiparlo con precisión, sin dejar de asombrarnos ante su perfección geométrica.
En este caso, la trayectoria del eclipse hará que varias regiones de México lo vivan con intensidad, ya sea como un eclipse parcial o en zonas donde la sombra lunar cubrirá gran parte del disco solar. Las diferencias en la visibilidad dependen de la ubicación geográfica, la hora y las condiciones climáticas, factores que siempre acompañan cualquier observación astronómica con dosis de imprevisibilidad y asombro.
La anticipación de un eclipse produce en muchos la misma mezcla de curiosidad y humildad que se siente al observar una obra maestra o un paisaje imponente. Somos, en apariencia, simples testigos, pero también somos aquellos que pueden prepararse para el evento: aprender sobre él, compartirlo con otros, registrarlo en memoria y en imágenes. La ciencia moderna no ha robado el misterio del cielo; lo ha traducido a un lenguaje que nos permite entender, sin dejar de maravillarnos.
Este eclipse será, para México, una oportunidad educativa y cultural. Escuelas, observatorios y aficionados al cielo se preparan para organizar jornadas de observación segura —siempre con protección visual adecuada— y para conversar sobre la física, la historia y la poesía que un fenómeno así despierta. Porque observar un eclipse es, en cierto modo, reencontrarse con centurias de astrónomos, poetas y navegantes que también levantaron los ojos hacia el mismo sol.
Al final, el eclipse del 17 de febrero no solo oscurecerá el astro rey por unos instantes; proyectará un vínculo colectivo entre quienes lo miren. Y en esa comunidad de observadores, México se sumará a una tradición que une ciencia y asombro, memoria ancestral y la curiosidad incansable de la especie humana.








