El hielo también guarda memoria

En las pistas heladas de Milán-Cortina, donde cada giro se mide en siglos de tradición deportiva, el nombre de Sander Eitrem quedó inscrito con filo propio. El patinador noruego convirtió los cinco mil metros en un relato de resistencia, precisión y tiempo domado, una carrera que no solo le dio el oro olímpico, sino un lugar en la historia del patinaje de velocidad.

Eitrem cruzó la meta con un registro de 6 minutos con 3 segundos y 95  centésimas, una marca que reescribió el récord olímpico y confirmó que el hielo también puede ser escenario de gestas silenciosas. No hubo estridencia, solo la constancia de un atleta que entendió el ritmo exacto de su cuerpo frente al cronómetro.

La prueba no comenzó de manera cómoda para el noruego. Durante los primeros compases, la tensión fue evidente y el margen de error mínimo. Sin embargo, conforme avanzaron las vueltas, Eitrem encontró el pulso adecuado y transformó la dificultad inicial en una remontada calculada y contundente.

El podio reflejó la diversidad del patinaje europeo. El checo Metodej Jilek se quedó con la medalla de plata tras una actuación sólida y constante, mientras que el italiano Riccardo Lorello hizo vibrar a la afición local al asegurar el bronce en una competencia de alto nivel técnico.

Este triunfo no surge de la nada. Semanas antes de los Juegos, Eitrem ya había advertido de su estado de forma al imponer un récord mundial en la misma distancia durante una etapa de la Copa del Mundo. Milán-Cortina fue, más que una sorpresa, la confirmación de un ciclo trabajado con paciencia nórdica.

Con esta victoria, Noruega suma otra página dorada en su larga relación con los deportes invernales. En una disciplina donde el tiempo es juez implacable, Sander Eitrem logró algo poco común: hacer que los segundos se inclinaran a su favor y se convirtieran en memoria olímpica.

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