El guardián silencioso del lago vuelve a respirar

En el fondo del lago de Pátzcuaro habita una criatura que parece salida de un tiempo más antiguo que el nuestro. El achoque, pariente cercano del ajolote, es una especie endémica cuya existencia ha pendido de un hilo durante décadas. Hoy, la ciencia y la paciencia se han aliado para ofrecerle una segunda oportunidad, lejos del espectáculo y cerca del cuidado constante.

Desde hace más de diez años, investigadores del Instituto Mexicano de Investigación en Pesca y Acuacultura Sustentables trabajan en su conservación a través de la reproducción en cautiverio. En sus laboratorios, ubicados en Michoacán, el proyecto ha logrado desarrollar la capacidad de reproducir decenas de miles de crías, con el objetivo de garantizar la supervivencia de una especie que solo existe en estas aguas.

El proceso inicia en el propio lago, donde los científicos recolectan huevos de achoque para incubarlos bajo condiciones controladas. Las crías son cuidadas durante meses, hasta alcanzar una edad en la que pueden enfrentar un entorno cada vez más hostil. Solo entonces son devueltas al embalse, fortaleciendo de manera gradual la población silvestre.

La investigación no se limita a la reproducción. El equipo científico estudia de forma detallada la nutrición y los ciclos reproductivos del achoque, con la intención de construir un conocimiento que trascienda el laboratorio. El propósito es generar herramientas que permitan su cultivo sustentable, siempre bajo una regulación ambiental estricta y con un enfoque de conservación.

El cuidado es minucioso y no admite errores. Los ejemplares nacidos de padres criados en cautiverio no pueden ser reintroducidos al lago, pues se consideran domesticados. Esta distinción responde a la protección especial que la ley mexicana otorga al achoque, reconociendo que cualquier intervención debe respetar su equilibrio genético y ecológico.

Las amenazas, sin embargo, siguen ahí. La contaminación, la presencia de especies invasoras, la sequía y la erosión han alterado de forma profunda los cuerpos de agua. A ello se suma su antiguo uso como alimento, motivado por sus propiedades nutrimentales. Frente a ese pasado, la ciencia apuesta ahora por un futuro distinto: uno donde el achoque no sea recuerdo, sino presencia viva.

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