Morena SLP en Defensa de la Soberanía Nacional

Ayer en la Plaza de Aranzazú, se vivió una jornada donde la política se volvió conversación humana. Bajo el liderazgo de Rita Rodríguez y con la presencia de legisladores, delegados y cientos de potosinos como asistentes iguales, reafirmamos que defender a México es un acto de amor y organización. Entre rebozos, danzas y propuestas reales, se demuestra que la soberanía nacional se construye informando y escuchando a la gente.

Rita Rodríguez, presidenta estatal de Morena, encabezó el encuentro con un discurso que, lejos de la confrontación estéril, se centró en la propuesta constructiva de proteger el patrimonio de todos. Resulta una antítesis notable que, bajo un cielo gris y gélido, sus palabras buscaran encender una esperanza basada en la consolidación de las reformas que darán estructura al país en los próximos años. La plaza escuchaba con atención, en un silencio respetuoso que solo se rompía por el viento colándose entre los muros coloniales.

Ayer, la jerarquía se diluyó entre la multitud. Resultó profundamente humano observar a diputados locales y delegados federales mezclados entre la gente, sin templetes aislados ni distancias protocolarias. Se presentaron como asistentes, hombro con hombro con los cientos de ciudadanos que se dieron cita. No hubo una pasarela de oradores, sino una escucha colectiva; porque en un mundo donde el poder suele buscar el aislamiento, la presencia de estos representantes como un ciudadano más fue un puente de humildad. Se sintió esa convicción de que la patria no se cuida con discursos interminables, sino estando presente, entendiendo nuestras leyes y compartiendo el mismo frío que el vecino.

El contraste visual de la jornada fue digno de una crónica de gran calado. Entre los abrigos y bufandas de los asistentes, los colores vibrantes de los rebozos de Santa María del Río y el ímpetu de «Los Diablos de Tanlajás» inyectaron una vitalidad necesaria al evento. Fue una muestra de resistencia cultural: mientras el frío calaba los huesos, el ritmo de la danza y la calidez de la comida tradicional ofrecían un refugio de identidad, recordándonos que la soberanía también tiene el sabor del hogar y la textura del esfuerzo compartido por mantener vivas nuestras raíces.

La degustación de platillos típicos no fue un simple añadido, sino el cierre de una propuesta integral de unidad. Compartir el sabor de la Huasteca o el Altiplano en medio de la capital, mientras se reflexionaba sobre el futuro del país, es la forma más pura de entender que México es una gran familia. Fue un acto propositivo de calor humano: si el viento dividía el ambiente, el zacahuil y el café caliente volvían a tejer esa red de confianza que Morena busca consolidar en el estado, con todos los sectores comiendo en la misma mesa.

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