El asombro también es un derecho. Bajo esa premisa, un grupo de más de cincuenta niñas y niños de pueblos originarios cruzó los pasillos del Museo del Laberinto para convertir la curiosidad en aprendizaje y el juego en memoria viva. Provenientes de comunidades Tének, Náhuatl, Otomí y Mazahua, las infancias participaron en una visita educativa pensada para acercarlas al conocimiento sin desprenderlas de su identidad.
La experiencia fue concebida como un viaje sensorial y pedagógico. En cada sala, las y los pequeños exploraron conceptos científicos, culturales y ambientales a través de dinámicas interactivas que privilegiaron el asombro por encima de la solemnidad. El museo, más que un edificio, se transformó en un territorio compartido donde aprender fue sinónimo de descubrir.
Una de las exposiciones que despertó mayor interés fue la dedicada a los tiburones. Ahí, las infancias conocieron la riqueza de la biodiversidad marina y comprendieron la importancia de proteger a especies frecuentemente malinterpretadas. El aprendizaje ocurrió entre preguntas espontáneas, miradas atentas y una natural empatía por el entorno.
La jornada también incluyó un rally dedicado a los pueblos originarios, realizado en el contexto del Día de Reyes. A través de juegos tradicionales, relatos comunitarios y actividades creativas, las niñas y niños reforzaron el orgullo por sus raíces, al tiempo que reflexionaron sobre sus derechos y el valor de su herencia cultural.
Este tipo de encuentros recuerda que el acceso a la cultura, al esparcimiento y a la educación no es un privilegio, sino una base para construir futuro. Cuando las infancias indígenas ocupan estos espacios, no solo aprenden: también reescriben, con pasos pequeños pero firmes, su lugar en la historia contemporánea.









