Cuando el calendario se acerca a su último suspiro y las olas de la bahía marcan un compás antiguo con su eterno ir y venir, Acapulco se alista para uno de sus rituales más espectaculares: una gala de pirotecnia que promete iluminar la noche y reunir a decenas de miles de personas en la costa. La llamada “Discoteca más grande del mundo” —un nombre ya legendario— se ha convertido en un destino obligado para quienes buscan despedir el año con un estallido de luz y color sobre el Pacífico.
La organización del espectáculo contempla la instalación de diecisiete plataformas estratégicamente distribuidas a lo largo de la Bahía de Santa Lucía, desde donde se detonarán fuegos artificiales que se elevarán al compás de la medianoche. La magnitud del despliegue no es casualidad: más de seiscientas mil personas se espera que asistan a este evento que ha ido transformando la tradición local en un fenómeno de convocatoria regional y nacional, capaz de fusionar a lugareños y visitantes bajo un mismo cielo estrellado.
La logística detrás de la gala no se improvisa. Desde hace días, autoridades estatales y municipales han supervisado el resguardo y manejo del material pirotécnico, cuidando cada detalle para que el espectáculo transcurra sin sobresaltos y en un ambiente seguro. La participación de diversos cuerpos de protección civil y de seguridad evidencia que se trata de una operación de gran envergadura, donde la anticipación y la coordinación son tan importantes como el brillo que se verá en el firmamento.
Más allá de los destellos, este evento refleja una tradición profundamente arraigada en la cultura festiva mexicana: el uso de la pirotecnia como símbolo de celebración, de renovación y de esperanza. Aunque su uso puede generar debate por temas de ruido o seguridad, en lugares como Acapulco forma parte del imaginario colectivo de las fiestas decembrinas, un lenguaje de luz que marca el umbral entre lo que termina y lo que está por llegar.
Así, la bahía se prepara para recibir al nuevo año no solo con explosiones que tiñen el cielo de colores, sino con una multitud expectante que mira hacia arriba y busca, en cada chispa, una promesa de renacimiento. En esa noche donde el tiempo parece detenerse, la pirotecnia deja de ser mera pólvora para convertirse en un acto simbólico de comunidad, memoria y celebración compartida.









